La FIFA, SEP, CNTE y el Abandono Silencioso de la Educación.
En México parece que todo tiene prioridad, menos la educación de niñas, niños y adolescentes.
La agenda pública se acomoda con rapidez cuando hay presión política, intereses económicos o eventos internacionales; pero cuando se trata del derecho de millones de estudiantes a concluir su ciclo escolar en tiempo y forma, la voluntad institucional se vuelve tibia, lenta y complaciente.
Lo que ocurrió con el anuncio de Mario Delgado fue un ¡Boom! para la sociedad en general. El acuerdo por demás precipitado tiene diferentes tipos de reacciones en su mayoría en contra. Sin embargo, la presidenta dijo que es una propuesta y según ella, a solicitud de los gobiernos locales y los Maestros. ¿En serio?, ¿preguntaron a los Maestros? Obviamente NO, fue una decisión desde arriba.
La reciente interrupción anticipada de clases en diversas entidades del país exhibe una realidad incómoda: La Escuela Pública Mexicana continúa siendo rehén de factores externos que terminan colocarse por encima del interés superior de la niñez.
Por un lado, el país entero se prepara a contrarreloj para recibir a la maquinaria multimillonaria que representa la FIFA. Se movilizan recursos, infraestructura, logística y decisiones de Estado con una eficiencia que rara vez se observa en favor del sistema educativo.
Por otro, la amenaza constante y latente de movilizaciones y huelgas de la CNTE mantiene a gobiernos estatales y a la propia SEP federal atrapados en una lógica de contención política antes que de defensa del derecho educativo.
Y en medio de ello aparece otro argumento: el calor extremo. Fenómeno real, preocupante y que exige medidas responsables, sí; pero también utilizado en ocasiones como justificación fácil para evitar asumir la incapacidad histórica del Estado para garantizar escuelas dignas, equipadas y funcionales.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿Por qué siempre terminan pagando los mismos?
Porque mientras los adultos negocian poder, posiciones o estabilidad política, millones de estudiantes pierden clases, y procesos formativos irrecuperables, es una decisión inédita que no ha sucedido en ninguna parte del mundo. Se normaliza que el calendario escolar sea flexible cuando conviene al sistema, aunque durante años se haya exigido disciplina, cumplimiento y resultados a docentes y alumnos.
La SEP federal parece haber optado por el camino más cómodo: interrumpir actividades antes que enfrentar los problemas estructurales. En lugar de garantizar condiciones para continuar el ciclo escolar —aulas climatizadas, horarios adaptados, estrategias híbridas o acuerdos efectivos con el magisterio— se opta por reducir días efectivos de aprendizaje. Una decisión que quizá alivie tensiones políticas inmediatas, pero que profundiza el deterioro educativo del país.
Resulta contradictorio escuchar discursos oficiales sobre excelencia educativa, recuperación de aprendizajes y fortalecimiento de la Nueva Escuela Mexicana, mientras en la práctica se reduce el tiempo real de enseñanza. Más aún después de los severos rezagos provocados por la pandemia, cuyos efectos siguen siendo visibles en comprensión lectora, matemáticas y habilidades socioemocionales.
El mensaje que reciben niñas, niños y adolescentes es peligroso: su educación puede suspenderse por cualquier coyuntura. Que el calendario escolar no es un compromiso de Estado, sino un documento sujeto a presiones políticas, temperaturas extremas o conveniencias administrativas.
Y lo más grave quizá sea la normalización social de este fenómeno. Defender el interés superior de la niñez no debería ser un discurso decorativo para ceremonias oficiales. Significa garantizar, incluso en escenarios complejos, que el derecho a aprender esté por encima de cálculos políticos, o improvisaciones gubernamentales.
México no puede aspirar a competir globalmente organizando mundiales mientras fracasa en garantizar lo más básico: que sus estudiantes permanezcan en las aulas aprendiendo. Porque cuando un país interrumpe con facilidad la educación de sus niños, niñas y adolescentes, no sólo se pierden días de clase. Se pierde rumbo, crecimiento, desarrollo y quizá un futuro prometedor que les permita afrontar la realidad.
