Baches en la calle, likes en la nómina
En opinión de Jesús García. Analista de Atotonilco de Tula.
Hay gobiernos que no tapan bien ni un bache,
pero sí andan muy pendientes
de quién compartió la publicación, y al que no lo hace ¡cuidado!.
No tengo ningún problema con que la política use redes sociales. Al contrario, ya es hora de que la política deje de hablar como acta de cabildo de esas que dan hueva.
Si un gobierno quiere hacer vídeos, reels, memes, transmisiones, dinámicas o contenido que acerque a los jóvenes, adelante. La política también puede ser fresca, divertida y hasta tener tantita gracia, que tampoco estamos pidiendo biblias. Hoy las redes son una herramienta necesaria para informar, conectar y hacer que más personas sepan qué está pasando con el dinero público.
El problema no es comunicar.
El problema es obligar.
Imagínate ser psicólogo. Estudiaste años, tu familia hizo sacrificios para pagar tu carrera, tu título y tu cédula. Llegas a un trabajo estable y estás atendiendo a una persona con un problema real, quizá una víctima de violencia, alguien que necesita ayuda seria. Y en eso, como si la vida fuera una tragicomedia administrativa, te llega la presión de compartir la publicación del alcalde y darle “me encanta”.
Porque al parecer, en algunos gobiernos, el desempeño laboral ya no se mide por atender bien a la gente, sino por alimentar el ego digital del jefe. Bienvenidos al servicio público versión influencer, por cada bache, cien likes; por cada obra inconclusa, cincuenta comentarios de “excelente trabajo, presidente”; por cada queja ciudadana, una foto con filtro y frase motivacional. Democracia, pero con ring light.
Y esto no pasa solo en Pachuca, así como en ese audio filtrado. Pasa en todos lados. No importa el pueblo, donde sea de repente uno ve publicaciones municipales llenas de comentarios tan emocionados que parecen escritos por la misma oficina, con la misma pluma y, probablemente, con el mismo miedo.
No hay que hacernos los sorprendidos. Muchos gobiernos ya entendieron que las redes influyen, que posicionan y que ayudan a construir percepción. Eso es real. Y también es válido. Yo mismo creo que una figura pública necesita presencia digital, narrativa, posicionamiento y una comunicación atractiva. La política no puede seguir hablándole a la ciudadanía como si todos estuvieran esperando leer un boletín de tres cuartillas mientras toman café institucional.
Pero una cosa es construir comunidad y otra es fabricar aplausos.
Una cosa es invitar a compartir información útil y otra es convertir a los trabajadores en porristas de nómina. Una cosa es decir: “ayúdenos a difundir este programa”, y otra muy distinta es andar revisando quién le dio like, quién compartió, quién comentó y quién no mostró suficiente entusiasmo por la gloriosa selfie gubernamental del día.
Ahí es donde la comunicación deja de ser estrategia y se convierte en presión.
Porque seamos honestos, cuando un trabajador siente que su empleo puede depender de una reacción en Facebook, ya no estamos hablando de participación digital. Estamos hablando de abuso disfrazado de modernidad. Y ni siquiera de una modernidad muy elegante, más bien de esas que huelen a captura de pantalla en grupo de WhatsApp.
Las redes sociales son poderosas. Pueden acercar programas, transparentar acciones, explicar decisiones y conectar con personas que nunca se acercarían a la política tradicional. También pueden ser divertidas, creativas y humanas. Eso está bien. Más política cercana, menos discursos momificados.
Pero también deben usarse con ética.
La comunicación pública debe informar, no intimidar.
Debe acercar, no condicionar.
Debe servir a la ciudadanía, no al ego de quien ocupa la silla.
Así que sí, hagamos política en redes. Hagamos contenido atractivo, fresco, divertido y hasta viral si se puede. Hablemos con los jóvenes, rompamos el lenguaje acartonado, usemos creatividad y dejemos de creer que la solemnidad es sinónimo de seriedad.
Pero sin correr gente por no compartir.
Sin medir profesionistas por likes.
Sin convertir oficinas públicas en agencias de engagement forzado.
Porque un like puede levantar una publicación.
Pero no tapa un bache.
No atiende una crisis.
No termina una obra.
No hace mejor a un gobierno.
Y, sobre todo, no debería valer más que el trabajo de una persona.
