Cuando el Poder se Ríe de los Adultos Mayores
Hay momentos en los que la política deja de ser una disputa entre partidos y se convierte en una cuestión elemental de dignidad humana. Lo ocurrido con las diputadas poblanas Nayeli Salvatori y Graciela Palomares, a raíz de sus comentarios sobre el sector de adultos mayores, pertenece precisamente a esa categoría.
Porque aquí no estamos frente a una simple “broma”. No estamos frente a una diferencia de opiniones. Y tampoco deberíamos permitir que el asunto se esconda detrás de la cómoda etiqueta de “Libertad de Expresión”.
Y para entenderlo basta regresar más de dos siglos en la literatura española. Félix María de Samaniego escribió “Los Animales con Peste”, una fábula en la que el León reúne a los animales para encontrar al culpable de una epidemia. En ella, los animales padecen una terrible enfermedad y el León —símbolo del poder— decide que alguien debe ser sacrificado para reparar los pecados de todos. El problema aparece cuando el propio poderoso reconoce sus faltas: la corte encuentra argumentos para justificarlas. Los demás animales importantes hacen lo mismo y también son perdonados. Pero cuando habla el asno, el más débil, basta con reconocer una pequeña falta para convertirlo en culpable.
Dos siglos después, resulta imposible no recordar esta fábula ante la polémica provocada por los comentarios de las diputadas locales de Puebla. Las expresiones difundidas en su podcast provocaron indignación y posteriormente ambas ofrecieron disculpas por demás fingidas y con argumentos baratos y por demás falsos. El asunto llegó incluso a los órganos internos de Morena, que abrió un procedimiento y posteriormente determinó una medida cautelar de suspensión temporal de sus derechos partidistas mientras se analiza el caso.
Pero hay algo que va mucho más allá de una disculpa partidista. El problema no es solamente lo que dijeron, es lo que realmente revelan sus palabras. Envejecer no es una enfermedad, ser adulto mayor no es motivo de vergüenza, tener canas no disminuye la dignidad de una persona. Y cumplir años no convierte a nadie en objeto de burla y chascarrillo barato como el de ambas diputadas. Al contrario: llegar a la vejez debería ser considerado un privilegio de la vida y una conquista de la sociedad.
Quienes hoy son adultos mayores fueron los jóvenes que construyeron familias, trabajaron, levantaron comunidades, educaron hijos, son ciudadanos, sostuvieron instituciones y, en innumerables casos, entregaron décadas de su vida al servicio de los demás y que no se les olvide son electores potenciales de su partido al cual tanto les ha costado mantener y apoyar con programas sociales. Por eso resulta particularmente grave que quienes ocupan una responsabilidad legislativa se expresen públicamente utilizando la edad como elemento de burla o menosprecio.
Una diputada no es solamente una persona con derecho a opinar, es una representante popular, representar al pueblo implica comprender que las palabras también tienen consecuencias. La libertad de expresión no es una licencia para despreciar, menoscabar, burlarse con chistes baratos.
Tener derecho a expresarse no significa quedar exento de responsabilidad por aquello que se expresa. La libertad de expresión protege el derecho a pensar, disentir, cuestionar y criticar. Pero la responsabilidad pública exige algo más: criterio, respeto y sensibilidad. Y mucho más cuando se habla desde una posición de representación popular.
Porque una cosa es hacer humor, otra muy diferente es convertir las características de un grupo social —en este caso, la edad— en motivo de desprecio. La sociedad debe ser especialmente cuidadosa con aquellas expresiones que normalizan la discriminación por edad. La propia discusión legislativa nacional ha reconocido la necesidad de combatir la discriminación hacia las personas mayores y garantizarles dignidad, derechos, autonomía y una vida libre de violencia. Los adultos mayores no son propiedad de ningún partido político y su dignidad no está sujeta a resultados electorales.
Aquí aparece nuevamente Samaniego En “Los animales con peste”, el problema no es solamente que el león tenga poder. El verdadero problema es que el poder consigue que sus errores sean interpretados de otra manera. Eso es exactamente lo que una democracia debe impedir. Una persona poderosa y con representatividad no debería tener una moral diferente a la de una persona común.
Ese es precisamente el mensaje de Samaniego: La justicia se vuelve una farsa cuando cambia de criterio dependiendo de quién está sentado frente a ella. ¿Qué habría ocurrido si hubieran sido hombres hablando de mujeres mayores? Aquí está una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Habría provocado la misma indignación? ¿Se habría considerado “humor”? ¿Se habría argumentado que las palabras fueron “sacadas de contexto”? ¿O inmediatamente se habría señalado como una expresión misógina? La misma vara con la que es medida la situación debe utilizarse para todos.
Si rechazamos la discriminación cuando la víctima pertenece a un grupo determinado, debemos rechazarla también cuando la víctima pertenece al otro género. La dignidad humana no tiene partido político, género, edad ni ideología política. Y hay algo todavía más grave, quienes ocupan cargos públicos deberían comprender que el lenguaje también educa. Una sociedad escucha a sus representantes, los niños, niñas y jóvenes los escuchan, y sobre todo los adultos las escuchan y esta situación es sumamente indignante si se trata de representantes que ocupan un cargo político.
La política necesita menos espectáculo y más responsabilidad. México no necesita representantes que confundan popularidad con liderazgo. Tampoco necesita políticos que crean que un micrófono, una cámara o un podcast los libera de la responsabilidad inherente a su cargo. La política requiere sensibilidad, empatía, congruencia, sapiencia, pero sobre todo inteligencia, la cual evidentemente por ningún lado se les nota. Y, sobre todo, requiere entender que representar al pueblo significa representar también a quienes no tienen millones de seguidores, quienes no tienen poder y quienes no pueden responder desde la misma plataforma. Los adultos mayores merecen respeto, voz, protección, atención, Pero, antes que todo eso, merecen algo elemental: dignidad y respeto.
Al final de la fábula, Samaniego exclama: “¡Pobre Astrea!”, Astrea representa la justicia. Y esa exclamación parece escrita para cualquier época en la que el poder, el espectáculo político y los prejuicios amenazan con desplazar el sentido elemental de la dignidad humana. No se trata de exigir que nuestros representantes sean perfectos. Se trata de exigirles algo mucho más sencillo: que comprendan la responsabilidad del cargo que ocupan.
Una disculpa puede ser necesaria y debe valorarse cuando es sincera. Pero una disculpa no debería cerrar la discusión. La verdadera pregunta es qué aprendemos de lo ocurrido. Y la respuesta debería ser contundente: En una sociedad democrática nadie debe ser humillado por ser viejo, pobre, joven, mujer, hombre, discapacitado, indígena o pertenecer a cualquier otro grupo.
Porque cuando aceptamos que una persona puede ser degradada por su condición, abrimos la puerta para que mañana sea otra persona la que sea considerada inferior. Y entonces volvemos a Samaniego. El león puede justificar sus excesos. La zorra puede convertirlos en virtudes. Los poderosos pueden protegerse entre sí. Pero siempre habrá un asno al que se le exigirá pagar la factura.
La verdadera lección de la fábula de Samaniego, no nos pide defender a unos políticos y atacar a otros. Nos exige algo mucho más difícil: tener principios que no cambien dependiendo de quién tenga el poder. Por eso, ante los comentarios que han provocado esta polémica, la condena debe ser clara: Burlarse de la edad no es liderazgo. Humillar a un grupo social no es libertad. Ofender desde un cargo público no es representación. Y utilizar el poder para minimizar una conducta que habría sido condenada si la hubiera cometido el adversario político sería, precisamente, caer en la misma trampa que Samaniego denunció hace más de doscientos años. Porque al final, la grandeza de una sociedad no se mide por cómo trata al poderoso. Se mide por cómo trata al vulnerable. Y una democracia verdaderamente digna debería recordar siempre aquella vieja advertencia de Samaniego: Que la justicia pierde su nombre cuando tiene una medida para el poderoso y otra para el débil.
