Poder concentrado y participación ciudadana: reflexiones para fortalecer nuestro proyecto político.
Politólogo
Suah Ruiz.
Cuando hablamos de «manipulación política» hoy en día, no nos referimos necesariamente a urnas rellenas o fraudes descarados. Lo que debemos analizar críticamente es algo más complejo: cómo las estructuras de poder pueden concentrarse de tal manera que, aunque tengamos una victoria legítima y popular, corremos el riesgo de limitar sin querer la oxigenación democrática que todo proyecto transformador necesita. El politólogo Giovanni Sartori lo explicaba así: incluso los movimientos más legítimos deben cuidarse de pasar de una competencia sana a una predominancia que, con el tiempo, puede debilitar la vitalidad democrática.
Y esto es algo que debemos reflexionar honestamente. En 2024, Morena y sus aliados obtuvimos un respaldo histórico: ganamos la presidencia con casi el 60% de los votos, controlamos el Congreso y gobernamos la mayoría de los estados (según datos del INE). Este triunfo refleja la confianza ciudadana en nuestro proyecto de transformación. Sin embargo, como militantes comprometidos con la democracia participativa, debemos preguntarnos: ¿cómo evitamos que este éxito electoral se convierta en acomodamiento? La académica Pippa Norris nos recuerda que el control territorial amplio trae responsabilidades: acceso a redes institucionales, recursos públicos y narrativa pública que debemos usar para profundizar, no para cerrar, la participación democrática.
Ahora bien, la participación electoral nacional rondó el 60-61% en 2024, una cifra respetable que muestra el respaldo ciudadano. No obstante, en algunos procesos electorales recientes hemos visto niveles de participación más bajos, lo que debe alertarnos. El politólogo Leonardo Morlino nos recuerda algo fundamental: una democracia transformadora no se mide solo por ganar elecciones, sino por mantener viva la rendición de cuentas, el debate interno y las opciones genuinas dentro y fuera del movimiento. Cuando descuidamos esto, incluso los proyectos más legítimos pueden estancarse.
Si miramos el mapa de México con honestidad, reconoceremos que hay estados donde nuestra presencia es histórica y profunda. En lugares como el Estado de México, Veracruz o Tabasco, hemos construido redes sólidas de organización territorial y arraigo popular. Esto es un activo enorme, resultado de años de trabajo comunitario. Pero también debemos reconocer el desafío: ¿cómo evitamos que estas estructuras se vuelvan verticales o cerradas? ¿Cómo garantizamos que sigan siendo canales de participación real y no solo de reproducción institucional? En estados como Aguascalientes, Querétaro o Guanajuato, donde la competencia sigue siendo intensa, tenemos la oportunidad de demostrar que nuestro proyecto puede ganar también donde hay oposición fuerte y crítica.
Steven Levitsky, experto en democracias, nos advierte algo que todo militante comprometido debe tomar en serio: las democracias se fortalecen o se debilitan gradualmente, dependiendo de cómo quienes tienen el poder lo ejercen. México tiene hoy una oportunidad histórica, pero también una responsabilidad: asegurarnos de que nuestro triunfo electoral sirva para profundizar la democracia, no para concentrar el poder de manera que limite la renovación y la crítica interna.
La concentración territorial del poder, entendida como nuestra capacidad organizativa y presencia institucional, es un logro del movimiento. Pero viene con una pregunta que debemos hacernos constantemente como militantes: ¿estamos usando esta fuerza para abrir espacios de participación o para controlarlos? Porque la verdadera medida de un proyecto transformador no está solo en su capacidad de ganar elecciones, sino en su disposición a mantenerse autocrítico, renovarse y garantizar que la democracia siga siendo una competencia genuina —incluso si eso significa, eventualmente, que podamos perder. Ahí, en esa humildad democrática, está la diferencia entre un movimiento que transforma y uno que simplemente se perpetúa.
