¡Los Tentáculos de Palenque que no se han ido!
Durante años se construyó una narrativa cómoda: la del relevo ordenado, la continuidad responsable, el proyecto que trascendía personas. Pero la realidad terminó por imponerse. El poder no se transfirió, se administró. Muchos lo sabían, pero pocos estaban dispuestos a admitirlo: el “máximo líder de la 4T” seguía ahí, operando, decidiendo, influyendo, incluso poniendo a personajes de su total confianza en puestos claves. Negarlo era más cómodo. Aceptarlo implicaba reconocer que la transición no había sido tal.
A la Presidenta Claudia Sheinbaum ya no le causa gracia que la señalen como continuadora automática de Andrés Manuel López Obrador. Lo que antes podía desestimarse como crítica política, ahora pesa como una losa cotidiana. Porque, en los hechos, gobernar bajo la sombra de quien se fue —pero no del todo— no solo limita, también desgasta, permea e incluso genera conflicto de intereses, para muestra lo que ocurrió recientemente con Marx Arriaga o incluso Adán Augusto.
El problema no es únicamente simbólico. Es operativo. En áreas clave, las decisiones no terminan de pasar por la oficina presidencial, por ejemplo, el operativo donde dieron de baja a Nemesio Rubén Oseguera Cervantes alias el mencho. Persisten redes, lealtades y mandos que responden a otra lógica, a otro centro de poder. Los llamados “tentáculos de Palenque” ya no son una metáfora exagerada: son una estructura que incomoda, estorba y, en ocasiones, paraliza.
El problema no es que incomode el control externo, sino que se tolere. Cada día que pasa sin romper esa inercia fortalece la percepción de debilidad. Y en política, la debilidad no se interpreta: se aprovecha. Hasta ahora, la Presidenta ha optado por una ruta intermedia: resistir sin confrontar, ajustar sin romper, insinuar sin ejecutar. Pero esa estrategia tiene fecha de caducidad. Porque el poder que no se asume, se pierde.
Porque si algo ha comenzado a quedar claro es que la Presidenta intenta, poco a poco, sacudirse ese yugo. No con rupturas estridentes, sino con movimientos graduales y estratégicos, midiendo fuerzas, evitando fracturas mayores, sacudiéndose poco a poco aliados que han fungido como adversarios. Pero cada intento revela lo mismo: no es sencillo desmontar un poder que nunca se fue.
Durante años se construyó la narrativa de un liderazgo único, incuestionable, casi moralmente incontestable. Hoy, esa misma narrativa se convierte en obstáculo. Porque gobernar implica decidir… y decidir, en este contexto, significa también deslindarse. Las herencias políticas siempre pesan. Pero hay herencias que asfixian.
La pregunta ya no es si existe ese poder paralelo —eso quedó atrás—, sino hasta dónde está dispuesta a enfrentarlo. Porque en esa definición no solo se juega la autonomía de su gobierno, sino la credibilidad de una etapa del segundo piso de la transformación que prometía ser distinta. Y lo más incómodo de todo: que aquello que muchos se negaban a aceptar, terminó por volverse evidente.
Lo verdaderamente incómodo no es que “los tentáculos de palenque” desde la chingada sigan influyendo. Lo incómodo es que, a estas alturas, nadie pueda afirmar con certeza que ya no manda. Y ese es el fondo del problema: México no está viendo una transición de gobierno, sino una prolongación del poder por otros medios que se resiste a irse y dejar ejercer el poder a su sucesora.
