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¿Qué huele peor? ¿La planta tratadora o la promesasin estrategia?

¿Qué huele peor? ¿La planta tratadora o la promesasin estrategia?
  • Publishedenero 21, 2026

Por Jesús «Chuy» García.


El Gobierno de México anunció una inversión superior a 900 millones de pesos para la restauración y saneamiento del Río Tula rumbo a 2026, que incluye acciones en la Planta Tratadora de Aguas Residuales de Atotonilco. El anuncio es importante, hasta huele bien.

Lo que sigue oliendo mal es que, como casi siempre, no viene acompañado de un plan claro, metas públicas ni atención real a las comunidades que ya han sido afectadas, como San José Acoculco y San Antonio.


Quien vive en comunidades cercanas a la PTAR aprende rápido una lección básica: aquí las promesas casi siempre huelen mal. Y como dicen por ahí, parece chiste… pero es anécdota.


La Planta Tratadora de Aguas Residuales de Atotonilco fue pensada como una solución de gran escala para sanear las aguas que llegan al Valle del Mezquital. En papel, es una obra monumental. En la vida diaria, para muchas familias, ha sido sinónimo de molestias, plagas de moscas, evacuaciones temporales y una sensación persistente de abandono institucional.


(Y no, esto no empezó ayer ni con la 4T, para los muy sensibles).


Hace unos días se anunció que el Gobierno de México destinará más de 900 millones de pesos en 2026 para la restauración y saneamiento del Río Tula. En ese paquete se incluyen acciones relacionadas con la operación y mejora de la planta de Atotonilco. Dicho así, el anuncio suena a alivio. La cifra impresiona. Digo, no me imagino cómo se ven tantos millones juntos. La promesa hasta tranquiliza… al menos por un momento, a quienes sufren todos los días los efectos de una planta que alguna vez fue vendida como la promesa de algo mejor.


El problema es que en Atotonilco ya hemos escuchado promesas antes.


Porque aquí no solo se habla de ingeniería hidráulica. Se habla de personas que llevan años levantando la voz. Ha habido manifestaciones, bloqueos, exhortos desde el Congreso y reuniones que terminan sin conclusiones claras. La queja es sencilla y legítima: si la planta existe para sanear, ¿por qué sigue afectando la calidad de vida de quienes viven alrededor?


Invertir no es lo mismo que planear. Y gastar no es sinónimo de resolver. Una inversión pública, por grande que sea, necesita algo más que presupuesto: necesita estrategia. Metas claras, tiempos definidos, responsables visibles y mecanismos de mitigación para quienes ya cargaron con las consecuencias del mal funcionamiento.


Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda. Porque hasta hoy, lo que la gente no ha visto es un plan integral que responda preguntas básicas: ¿cómo se van a corregir los problemas operativos de la planta?, ¿qué medidas se tomarán para evitar que el olor y las plagas sigan afectando a las
comunidades?, ¿habrá algún tipo de reparación o acompañamiento para quienes ya resultaron dañados?


Sin respuestas claras, la inversión corre el riesgo de convertirse en otro anuncio que suena bien en conferencia y mal en el viento de la tarde.


Y no, esto no va de estar en contra de la planta. Nadie sensato propone apagarla o ignorar la necesidad de tratar las aguas residuales. Va de entender que las soluciones técnicas, cuando se desconectan de la realidad social, generan nuevos problemas. Una planta puede limpiar agua, pero sin estrategia no limpia la desconfianza.


Atotonilco no necesita más cifras redondas ni frases optimistas. Necesita un plan que se pueda explicar, supervisar y evaluar. Porque cuando la promesa no viene acompañada de estrategia, termina contaminando tanto como aquello que prometía limpiar.


Y entonces la pregunta vuelve, inevitable: ¿qué huele peor, la planta… o la promesa sin estrategia?


— Jesús “Chuy” García

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